La segunda mitad del siglo XX nos dejó un largo proceso de luchas civiles y la desarticulación de importantes estructuras sociales que, como los sindicatos, servían de vasos comunicantes entre los sectores marginados de la población y del Estado de derecho. La crisis de estas voces colectivas fue aprovechada por quienes vociferaban el triunfo de los mercados y del estado del malestar. Ellos rápidamente fortalecieron este fracaso de la unidad social y estimularon a todo tipo de organizaciones quejosas del sexo, del género, de la raza, del color y de otras formas menos notables. Todos estos grupos cayeron en la trampa de contribuir en forma indirecta a disolver la voz unificada de los que hoy se llaman indignados, marginados o víctimas del capital financiero y de las políticas de discriminación puestas en marcha por quienes administran el poder y el Estado. Esta confusión de intereses, objetivos y políticas de reivindicación, hacía muy difícil cualquier desafío a los abusos del poder.
Sin embargo desde el último verano los jóvenes de América Latina, especialmente los estudiantes han iniciado una movilización fresca que intenta nuevamente establecer un puente de comunicación social con el Estado. Sus reclamos por el derecho a la educación ha integrado a los más diversos sectores de la sociedad para luchar por la defensa de uno de los indicadores básicos del crecimiento y el desarrollo. La lucha podrá adquirir diversas dimensiones pero lo más importante de toda esta conmoción social es que los jóvenes han logrado recuperar un discurso y unos objetivos que no corresponden a ningún grupo de quejosos sino a la sociedad en su conjunto. Ojalá estas voces frescas y jóvenes encuentren el camino para una democracia real la distribución de oportunidades y que todas aquellas formas de organización social ahora marginadas puedan reconstruir los puentes que les permitan diseñar un Estado honrrado y equitativo, digno y soberano.
La juventud, los quejosos y el capital
November 22nd, 2011La farsa de la Cultura
December 3rd, 2010Una sociedad que no valora la vida, ni la honra no tiene por qué valorar papeles viejos. La farsa de funcionarios encargados de proteger los archivos históricos se revela cuando ocurren desastres como el del ahogamiento de miles de documentos de la historia de la ciudad de Honda en el Río Guali. Honda fue el puerto que comunicó a Bogotá y el interior de Colombia con el mundo atlántico durante centenares de años. Los testimonios de su historia se amontonaban en un cuarto semiabondonado de una biblioteca también semiabandonada de la ciudad de Honda. Mientras el país se ahogaba y se derretía, el río Gualí se vino sobre la barranca que protegía el edificio que resguardaba documentos fundamentales para la historia de la ciudad y de la economía colonial y se llevó más del 90% de la documentación. Los responsables de custodiar eso que llaman el patrimonio nacional corrieron a gastar recursos del Estado para averiguar qué había pasado pues ellos no estaban enterados que el ahogamiento de un archivo histórico fuera motivo de escándalo. Declaraciones van, declaraciones vienen y como todo en Colombia las cosas quedan tal y como ocurren. El hecho es que un archivo más ha desaparecido. Al Estado poco le importa. Al fin al cabo si no le importa que millones de colombianos mueran de hambre qué da que se pierdan unos papeles. Si quienes gobiernan parten de la premisa que la cultura puede ser manejada por funcionarios inocuos, entonces para qué lamentarnos de cinco mil o mas legajos perdidos entre el lodo que lleva el río. Nos queda la ilusión de encontrar un día una isla de peces y sirenas discutiendo sobre la masa de mercaderías llegadas a Honda desde Cartagena y contándonos cuál fue el impacto de los ciclos del comercio, de los precios y de los salarios en una ciudad colonial del interior de Colombia. Conocidas sus conclusiones podremos comprender la farsa de quienes dicen defender los fundamentos de la memoria histórica de una nación que nunca ha logrado aprender bien las lecciones de su historia. Descanse en paz la venerable historia de una las ciudades más importantes de la América Española. Es tiempo de seguir nombrando directores de archivos que no saben de libros ni de letras y muchos menos de pasado ni memoria y ministros que poco entienden de bibliotecas y de historia urbana.
¡Yo no Fui…!
April 27th, 2010Colombia parece una república habitada por fantasmas y seres de ultratumba. Todas las cosas inauditas, absurdas e innominadas ocurren día a día pero nadie sabe si son mandatos del cielo, del infierno o de este o aquel vecino. Jóvenes marginados o militantes rebeldes aparecen muertos en supuestos combates, en verdaderos crímenes de Estado. Los recursos oficiales son repartidos por la via graciosa a familias poderosas. Los servicios de seguridad reportan al gobierno central la forma como se vigila, se amenaza o se elimina a opositores y críticos de toda laya. Organizadores de bandas criminales acceden al Congreso de la República para redactar y aprobar leyes de justicia y paz y traficantes e individuos extraños ingresan al palacio presidencial a reuniones que nadie conoce. Sin embargo, cuando la justicia busca culpables y encuentra responsables de tamaños exabruptos, todos contestan en coro: ¡yo no fuí!
Históricamente en Colombia nadie es reponsable de nada así se les encuentre con las manos en la masa. El General Francisco de Paula Santander no tuvo nada que ver con el intentode asesinao promovido contra Bolívar, el General José María Obando nada tuvo que ver con el asesinato del General Antonio José de Sucre, el héroe de Ayacucho y heredero político del sueño de Bolívar, nadie tuvo que ver con el asesintato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. Cuando los aparatos de Estado se lanzaron contra el campesinado, a mediados del siglo XX, en una guerra de exterminio que dio orígen a nuestra Violencia, nadie fue culpable de los miles de muertos y masacres. Del mismo modo, nadie fue responsable de la extinción de miles de militantes de la Unión Patriotica a finales de la década de los años ochenta. Yo no fui, dicen los criminales, los asaltantes, los autores intelectuales cuando la opinión pública o los estrados judiciales los señala y procesa.
La impunidad y el sentimiento de frustración del pueblo colombiano es tal, que políticamene se ha ido acumulando un sentimento de rechazo contra los símbolos de ese poder peligrosos y corrupto. Tal sentimiento se ha expresado, entre otras formas, en un alejamiento de las urnas cuando se convoca en nombre de la Democracia a elegir gobernantes. A elegir los mismos con las mismas. Sin embargo, en los últimos años ese sentimiento se ha ido traduciendo en oleadas de rechazo a políticos convencionales. Y los ingenuos lo llaman ”voto de opinión”. Motivado por afanes de revancha, ese pueblo amargado, vota en conra de alguien que, en un momento determinado simboliza la esencia de un Estado clientelista, amiguero, excluyente y protector de intereses de familias tradicionales. Pero en su euforia, en su pasión, ese pueblo no piensa y elige a personajes oscuros, confusos, extraños, ignorantes, apátridas y peligrosos. Y cuando el elegido demuestra sus límites intelectuales, su incapacidad para resolver los problemas nacionales, incluidas las políticas de oportunidades, de desarrollo y cambio de las condiciones de vida de la población, ese pueblo inicia su desbandada y comienza a gritar: ¡yo no fui, yo no lo elegí, yo no fui el culpable!
Como cada cuatro años, regresamos a los mismos escenarios de siempre, en donde se pregunta por quien votar y no por qué votar. Muy pronto, tendremos a otro inútil gobernando a Colombia, pero, ante un nuevo fracaso, antes de que empiece la desbandada de los emotivos votantes, debo anticipar que: !Yo no Fui!
Para disuadir al otro
November 19th, 2009El conflicto entre Colombia y Venezuela es estimulado por los medios de comunicación en Colombia, preocupados más por ver la paja en el ojo ajeno que la viga que no deja ver los niveles de inequidad que caracterizan a la sociedad colombiana, ni mucho menos los escándalos por crímenes, violación de los derechos humanos, corrupción administrativa y cinismo en la elección de funcionarios en la administración pública. Los argumentos más sofisticados del enredo diplomático en que se han enfrascado las dos naciones hermanas se sustentan en que Colombia no dispone de recursos económicos para iniciar una carrera armamentista que garantice la seguridad de sus ciudadanos frente a una posible agresión venezolana. Y, nada mejor que acudir a la renuncia de la soberanía nacional, con el fin de asegurar la presencia de tropas extranjeras en su territorio de tal manera que éstas, y no aquellas, sean las garantes de la seguridad de Colombia. En ese contexto, podría decirse que los actos venezolanos en la frontera colombiana son también recursos disuasorios y avances estratégidos de lo que tendría que hacerse en caso de una confrontación: por ejemplo destruir puentes peatonales que unen apartados municipios y caseríos de una y otra nación.
Lo curiosos de estos juegos prebélicos es que muy pocos piensan que a ambos países les asiste la razón. De un lado los venezolanos que le han apostado a una revolución saben muy bien que la contrarrevolución está ahí, rondando el territotorio y que en cualquier momento puede dar el zarpazo. Lo de Honduras es un buen ejemplo. Del lado colombiano, la entrega de su dignidad y la idea de que otros lucharán por la defensa de sus gentes, se sustenta en la vieja tradición que revela cómo su ejército nacional nunca ha sido capaz de ir a las fronteras a defender los intereses colombianos. Por ello, Colombia perdió el 54% de su territorio. Al haberse dedicado a ser una fuerza militar que defendía gamonales y, durante la guerra fría, a garantizar la seguridad interna, convirtió las fuerzas militares en instrumento dedicado a cumplir funciones de policía y a reprimir a ciudadanos rebeldes y contestatarios. Este objetivo de los militares colombianos, les alejó de las posibilidades de ser un verdadero instrumento para la investigación y desarrollo tecnológico en armas y comunicaciones de vanguardia propios de una nación que piensa prioritariamente en su defensa nacional, como protección de sus ciudadanos. En consecuencia, por mandato de quienes han gobernado siempre, optó por el testaferrato y por no discutir la entrega de la soberanía nacional.
Son estas verdades las que penosamente alarman a la comunidad internacional. El comienzo de una paz duradera solo será posible si en lugar de buscar disuadir al otro, Colombia comienza a pensar que, en 1810 se luchaba para expulsar un ejército invasor con el fin de construir soberanía, libertad y dignidad. Los mismos valores que 200 años después se están poniendo a prueba por la república que heredó los sacrificios de quienes combatieron para dejar la patria ajena a fuerzas opresoras y abierta a la igualdad, la diversidad y la equidad.
Rojo y Blanco
June 25th, 2009Los pueblos, las artes, las civilizaciones y la música crecen con las tradiciones. Recuerdo que en el mundo de los Andes hubo una que nos ayudó a ser niños y a desatar los afectos. Y aunque los años nos hacen mayores, sin darnos cuenta, la tradición parece sostenerse a espaldas de otras generaciones. El mes de mayo era consagrado a la Virgen María y en un ejercicio de asociación ideológica, el último domingo se consagraba a las madres terrenales. Nosotros, los niños de entonces no entendíamos de las intenciones de nadie, sólo sabíamos que era vital demostrar a través de un ejercicio de artesano improvisado, con qué materiales, más bien toscos que nobles, diseñaríamos el amor por nuestras madres. Un par de claveles rojo y blanco definían la vida y la muerte, la alegría o la tristeza. Claro que no comprendíamos la tragedia ni el entusiasmo de la vida, implícitos en tales imaginarios. Sólo mirábamos con estupor infantil a quienes llevaban un clavetio blanco. En éste se cocía la orfandan mientras que el clavelito rojo era la imagen de la seguridad invisible del mundo que nos alimentaba.
La canción populara alentó estas diferencias y estos desatinos del destino y difundió, además de forma calamitosa y recurrente, por cantinas, ventas y barriadas una y otra emoción. Lo cierto es que todos seguimos viviendo el mes de mayo con una leve nostalgia de nuestra infancia. Hoy quiero regalar a otras madres y a otros hijos una flor roja como simbolo de aquella vida perdida y, por primera vez entregar el estupor que entonces no reconocía y que ahora veo florecer en unos pétalos blancos.
A cómo las orejas…
October 29th, 2008En los años de 1950, la harina de trigo la vendían en unos talegos de tela que los campesinos y las gentes de la aldea utilizaban, una vez desocupados, para echar el pan o alguna fruta. Mi abuela guardaba en uno de estos talegos su monedera y sus centavos cuando bajaba de la vereda los días de mercado. Al llegar los vientos de la violencia comenzaron a ser utilizados para echar las orejas de los campesinos que eran acribillados en las montañas de los alrededores. Pagaban a 5 pesos la oreja. Las vi llevar por las calles de mi pueblo cuando aún era adolescente. Los mayores comentaban que ellas eran el testimonio de una guerra despiadada orquestada por el Estado y el partido Conservador. Como muchas cosas trágicas de esta Colombia sin destino, la muerte se redujo a unas impresiones que cayeron en el fondo del inconsciente para convertirse en miedo, en paranoia y en deseos de huir.Todos nos fuimos a otras fronteras y corrimos un velo sobre nuestro pasado de angustias. Nunca fue posible el debate.
Casi 60 años después poco hemos cambiado. Cada día vivimos más asombrados. Ayer más que hoy y hoy más que mañana. Aquí nadie es responsable de nada, todo es normal, todos somos inocentes y todos tenemos las manos vacías como si fuésemos ese sagrado corazón que abre sus brazos para mostrar las llamas de su pasión y santidad. Con razón un cínico decidió hacer corazón sagrado, el símbolo de nuestra Colombia en el mundo. Cuando un senador de la República osó denunciar a sus colegas de ser cómplices en las matanzas cometidas por otros inocentes pacificadores, los culpables se rompieron las vestiduras, los discursos abundaron y los certificados de buena conducta pulularon antes de que los jueces comenzaran a desgranar una mazorca de delitos contra lesa humanidad. Ya nadie se sorprende que allí donde se hacen las Leyes abundan los inmorales, los peligrosos, los instrumentos de la perversión que arrastra a Colombia por abismos nunca definidos.
Ayer no más, le correspondió a las fuerzas militares. Era octubre del 2008. Les pagaban por cada muerto, les premiaban por fusilar, por sumir en el dolor a familias inocentes. Era el efecto letal de la Seguridad Democrática, un proyecto de guerra que hizo revivir la historia de las orejas de 5 pesos de los años de 1950. Pero como en Colombia todos somos inocentes, incluídos los que siguen en el mando de unas fuerzas militares cuya historia está en las montoneras que terratenientes y poderes regionales movilizaban para matar a otros que también tenían sus montoneras y sus intereses en otras regiones más lejanas, durante el siglo XIX. Y esta es la cuestión central, el ejército de Colombia no creció como parte de la nación, sino como parte de los intereses regionales. Por eso nunca tuvieron una batalla por la dignidad de Colombia: ni en la Mosquitia, ni en Panamá, ni en el Rio Negro, ni en la Guajira, ni en el Amazonas. Allí nunca estuvo la patria que tanto cacarean. De allí huyeron. Prefirieron la tradición de una nación que no sólo excluyó a los sectores pobres y contestatarios sino que los hizo sus enemigos. Y su guerra actual, sus guerras pasadas, su honor se ha fundado, contradictoriamente, en fusilar a su pais. Los mil fusilados que ahora se les otorga, las purgas, las responsabilidades son apenas el iceberg de una historia que no le compete solo a los que fusilan sino a los que les dirigen desde la constitución y la ley. Y este es el gran debate de los colombianos hoy, así existan brujos de otras latitudes que lo nieguen, como han negado conciliarse con todos los que ayer perdieron sus orejas.
Los espíritus del mal
August 4th, 2008Los bandidos de ayer son los héroes del futuro. Eso lo saben los países colonizados porque los colonizadores desde que nacen, hacen héroes a sus bandidos. La república de Patiobonito vive confundida con la falta de dignidad de sus gobernantes, alabados por todas las escuelas de informadores, gremios y partidarios que no cesan de elogiar y avalar sus grandes decisiones políticas. Hace apenas dos décadas un gran bandido pagaba miles de dólares por cada policía o miembro de la fuerza publica que fuera eliminado por sus bandas de sicarios. Todos los políticos y sustentadores de la moral pública se santiguaron y con la ayuda de sus amigos del norte se propusieron eliminarlo por el bien de la patria y de los intereses de unos cuantos. La radio, la prensa y todo cristiano de buena monta bendijeron el fin y el exterminio de aquellos criminales. No era posible para un Estado de Derecho tolerar la muerte a sangre fría. Y su repudio lo completaron con la Extradición porque en la República de Patiobonito la justica no era confiable. Y así, como un solo puño toda esta República se propuso extirpar los espíritus del mal.
Como en esta República de selva no existe memoria sino que se vive al día, como en la mesa de los pobres, un día su presidente ordenó poner en práctica toda forma de asesinato contra los enemigos del Estado porque el fin justifica los medios. Y para garantizar sus éxitos futuros organizó a millones de delatores y ofreció todo el presupuesto del Estado, para eliminar al ejército de oponentes que aún quedan en las montañas de esta amarga república. Cuando un delator puso un tiro en la frente a uno de sus comandantes y le cortó la mano como prueba de su hazaña, todos los que condenaron en el pasado las muertes de agentes del órden, ordenadas por Pablo Escobar, unánimente decidieron que este asesinato sí era legítimo y que había que proteger al nuevo héroe y cancelarle los miles de dólares que el Presidente de la República de Patiobonito ofrecía por tamañas hazañas. Y el espíritu cristiano y democrático les llevó por el camino esperanzador de que nuevos héroes lleguen con más testimonios de sus mutilaciones.
Con Pablo Escobar muchos de sus amigos defendieron la no extadición y todos sus enemigos decían que sí. Hasta que los poderosos amigos del norte hicieron que se reformara la justicia para que se acomodara a sus caprichos. Ahora cuando el presidente de la República de Patiobonito cada mañana se levanta a extraditar a cuanto diablo se le atraviesa, está pensando que es mejor la no extradición. Su razón parece simple: se ha dado cuenta que en el norte no entienden sus confusiones ni la falta de memoria que lo lleva a parecerse a los espíritus del mal.
Entre Piratas y Héroes
May 13th, 2008En tiempos pasados merodeaban por los mares del Sur barquitos llenos de hombres cojos, tuertos, hambrientos y ansiosos de tesoros. Eran los héroes de las grandes potencias que fundaban su gloria alabando sus crímenes, saqueos, incendios y cuanta perversión fuera capaz de crecer en la imaginación de estos desarrapados de mar. El progreso los hizo cambiar por soldados de verde, por filibusteros y por mercenarios que solo sabían de destrucción y muerte. Todas estas gestas constituyen el honor de las civilizaciones que nos rodean. Vivir para destruir, es el himno que nos venden las naciones de piratas de papel y soldaditos de plomo.
Desafortunadamente la República de Patiobonito no produce este tipo de criminales, su tierra da otros, tan dañinos como aquellos. La diferencia está en que su gloria y su heroismo crecen a medida que la pirámide de cadáveres se eleva en el horizonte. Sus víctimas no son gentes de tierras inhóspitas ni de mares de diferentes colores, son seres humanos de su propia vecindad, de su medio, de sus alrededores. Son niños sin nacer, madres que no son, porque antes de serlo les vacían sus vientres. Son amigos, convertidos por la paranoia, en enemigos y son todos los sindicalistas entrenados para blasfemar de las rentas, del desequilibrio, o el derecho a la organización.
En esta fría y cálida república de Patiobonito, los medios de comunicación se encargan de contar sus hazañas, describir los ríos de sangre que han tenido que nadar para sobrevivir y alaban sus gestos humanitarios al señalar con la punta de sus zapatos las centenares de fosas en donde han enterrado a sus inocentes víctimas. Estos criminales no han ido al extranjero a servirle a la patria Patiobonita, sencillamente han contribuido a que el Emperador que cuida los destinos imperiales sea uno de los suyos. Lo quieren de gobernador por los siglos de los siglos para que nunca exista en Patiobonito diversidad y oposición a todo unanimismo. Para que nadie pretenda descubrirles su rosto de criminales sino de aspirantes a regir los destinos de la patria del sagrado corazón, de los tres canales de televisión y de las dos radios que predican la objetividad de sus luchas y la razón de sus excesos por defender la seguridad democrática que empresarios, bancos e inversores aplauden cada que sale el sol o aparecen las sombras de la noche. Estos héroes de los medios y del poder, invitan a improvisados ensayistas a escribir sus memorias, sus biografías y sus gestas. Y ahora, los premian con la Extradición al Imperio amigo.
Si en Patiobonito es difícil saber la verdad, es casi imposible conocer como se tejen las mentiras. Cada que el Emperador se encuentra acorralado por acciones de los tribunales de justicia, ocurren cosas desproporcionadas para el común de sus ciudadanos. La extradición que reduce la justicia de Patiobonito a ser un apéndice de la del Imperio Mayor, traza los signos de la vergí¼enza, la indignación y la impotencia de ciudadanos que suponen que en esta República es posible castigar a criminales. El asunto no son las razones que esboza el Emperador-enano que extradita y extradita, sino la invitación a que las familias de las víctimas acudan a los tribunales norteamericanos a pedir que en los procesos contra estos criminales se tenga en cuenta el derecho a la reparación. En el mundo cualquier ciudadanía se hubiera sublevado para derrocar a esta república de mentirosos y lacayos, pero en Patiobonito todo es posible: el sofisma, el absurdo, el símbolo de la justicia que no es una balanza sino una romana y la perspectiva de más guerra con los aspirantes a llenar los vacíos que dejan estos benefactores y defensores del poder oficial.
Ríos de tinta y opiniones de los opinadores oficiales desviarán durante días y semanas la posibilidad de denunciar una múltiple traición: la del emperador sin nombre con sus amigos, con su país y con la justicia. Habrá ñola de todas las urracas y seguiremos igual, sin entender por qué no hay en la República de Patiobonito héroes nacionales sino héroes criminales.
Cuentos de Emperadores
April 28th, 2008A la República de Patiobonito la gobierna un pequeño Nerón sin imperio. Ensimismado en sus propias frustraciones se ha inventado un circo-corraleja en donde se divierte dándole patadas a sus súbditos como si ellos fueran Popeas del tercer mundo. Temido como alabado por los oportunistas de siempre ha ordeando levantar un arbol de la suerte que crece y crece hasta más allá de las nubes. Todos sus electores le servirán de escalera para trepar sobre sus hombros hasta alcanzar el mundo de los ángeles y árcángeles, únicos seres que pueden estar a su lado, pues este minúsculo Nerón no habla como los humanos sino como los dioses. Resuelto a incendiar cada rancho en donde puedan crecer plantas que alucinen más que sus propias vanidades, este emperador sin nombre, supone estar quemando cada día una nueva Roma.
Adulador de sus propias aventuras y de sus legiones de delatores, tiene poderes mágicos pues sabe convertir mentiras en verdades y criminales de guerra en justos ciudadanos. Controla los dos poderes de su imperio de falacias: a los senadores y a los ejércitos. Hace frecuentes aquelarres para batir la magia de sus intrigas, los brebajes de sus mentiras, los ungí¼entos de sus adulaciones y las pomadas invisibles de su cinismo. Mientras otras repúblicas repudiarían los escándalos de estas sectas de corrupción y de manipulación de la información y la verdad, en la República de Patiobonito nada pasa pues sus ciudadanos, son obligados por bando y por ley, a creer en el Emperador y a no dudar de su augusta magestad. Este Nerón melifluo nació para hacer de Patiobonito no la república del sagrado corazón sino la república de su cofradía de creyentes.
Cosas de Soberanía y de Naciones
March 3rd, 2008Colombia, dijo un historiador americano, es una nación a pesar de sí misma. Pero el gringo amigo olvidó contarnos que nunca pudimos ser una nación porque pudo más el deseo de unos pocos que los sueños de muchos. Tal ha sido la trágica historia de Colombia, manipulada por discursos que ven grandes logros allí donde se esconden los silencios de múltiples desastres. Precisamente, estas reflexiones se ponen a prueba en estos días en que se oyen expresiones de patriotismo frente a un conflicto interno que curiosamente puede llevarnos a más infortunios, a pesar de nosotros mismos. Y quienes le hablan a Colombia como si fuese el sagrado corazón no logran explicarnos las razones por las cuales tenemos un país desarticulado, desagregado, incomunicado, pobre, falto de dignidad y expuesto siempre a los intereses de potencias imperiales. Esos mismos compatriotas se indignan frente a nuestros vecinos del sur o del nororiente, hablan de soberanía y quisieran resolver a balazos las discrepancias con estas pequeñas naciones. Como buenos compatriotas les gusta más la eliminación del otro antes que encontrar puntos de acuerdo o de discutir lo que es discutible y no hablar de aquello sobre lo cual no es posible encontrar consensos. Y, lo más grave, huyen y se agachan cuando ven a un país más grande y brabucón.
Este espíritu criminal se encuentra bien representado, de tiempo en tiempo, en alguno de nuestros gobernantes. El sentido de revancha, la proclama de más sangre en nombre de la patria, resuena como principio fundador de esta nación que núnca hemos podido construir a pesar de nosotros mismos. Elegimos eliminarnos antes que defender la integridad territorial y por eso cedimos el 54% del territorio nacional entre los siglos XIX y XX. Nos matamos a machete en Palonegro, en 1900, y luego perseguimos a centenares de rebeldes liberales por todos los Andes hasta exterminarlos, pero se nos cayeron los pantalones del susto cuando unos hombres rubios llegaron y nos quitaron Panamá. Nunca osamos desafiar e intentar expulsar las fuerzas británicas que impusieron un jocoso Rey Mosquito, al cual coronaron como súbdito de su Magestad Británica, en tierras colombianas. Legitimamos la cobardía aferrados al derecho y Colombia se convirtió en el país más leguleyo del mundo. Fuimos santanderistas de tiempo completo y toda la pasividad que revelamos en la pérdida de nuestros territorios, se fundada en temores, ocultos en el cumplimiento de los acuerdos internacionales que han regido la convivencia entre los pueblos. Pero todo, en el fondo era mentira, tal vez miedo, pues cada vez que un vecino grande nos ordena hacer esto o aquello estamos dispuestos a arrodillarnos y a elaborar teorías que justifiquen el por qué crecen los callos en nuestras rodillas. Entonces, ¿cómo hablar de soberanía cuando estamos invadidos de voluntades extrañas, de deseos que no nos pertenecen y de intereses que no son los nuestros? Por eso rabiamos cuando otros países más dignos nos lo recuerdan.
Curiosamente, de la noche a la mañana, la República legalista y respetuosa del orden, de la juricidad a nivel interno y externo, decide abandonar toda norma del derecho internacional y se lanza contra otro territorio a desarrollar especies de operaciones que más que, prevención de la seguridad nacional tienen aires de odio y revanchismo. Pero esta operación de Colombia no era para ocupar espacios ni para eliminar a vecinos de otra nación sino para extirpar enemigos crecidos en el conflicto interno colombiano que lleva ya 60 años de desarrollo. Quienes alaban la medida, miran la chispa pero no la explosión, oyen el trueno pero ignoran la tempestad y, si no elevamos la voz para prevenir la destrucción de la onda explosiva y lo incontenible de la avalancha, si no condenamos esta equivocación, es posible que tengamos que huir de las trincheras, a pesar de nosotros mismos, pues no creemos que en los tiempos modernos y posmodernos la guerra y la muerte sean los únicos caminos a la nación.